
Ocurre que hace unos días soñé que estábamos en una sala de clase del 5º año de humanidades. No sé si sería porque el subconsciente estaba atento a esta reunión que estaba por llegar, o por una rara coincidencia. Así, recién despierto tomé nota de lo soñado que era muy vívido, antes que se me olvidara. Intentaré aquí relatar lo que retuve de ello, donde se mezclan la realidad con la ficción.
Es el hecho que nos encontrábamos en el tercer piso del edificio de Pedro de Valdivia en clases de matemáticas con el señor Nahun. Este comenzó a repartir las pruebas finales con sus correspondientes notas, y lo hacía en voz alta. De pronto, oigo que grita el maestro: ¡García, de nuevo un siete!. Fue tan grande la impresión que me quedé pegado al asiento mientras Zegers –quien se sentaba atrás mío- y quien comprendía mi reciente hazaña me gritaba: “atina hombre, atina”. Me acerqué hasta la tarima y recibí mi prueba. Una vez de vuelta a mi pupitre analicé el exámen y reparé que junto a cada problema había distintas leyendas con lápiz rojo.

La verdad es que estaba absorto y no sabía cómo lo había hecho. Pero la impresión me llegó al máximo cuando Ricardo Uauy y Javier Etcheverry se acercaron a mi puesto para agradecerme que les hubiera soplado el problema nº 5 que los tenía muy complicados. Y para no seguir, basta señalar que luego llegó Lucho Elton para solicitarme si podía estudiar conmigo el próximo examen de matemáticas, a lo cual repliqué que contara con ello porque comprendía que a veces los alumnos requerían de un pasante.
En seguida Alejo García-Huidobro reparó que el problema nº 4 en su prueba estaba correcto pero se lo habían marcado como malo. Entonces, risueño y vacilante, avanzó hacia el profesor y le dijo: “maestro, ¿tendría usted la amabilidad de concederme un minuto para hacerle una observación respecto de la corrección a mi prueba, siempre y cuando no lo importune

Así, terminó esa clase y seguimos con la de química. Hizo su entrada solemne el profesor Jaime Petit, aunque no lo notó nadie hasta que comenzó a pasar la lista, terminado lo cual y s

Y, como en los sueños se mezclan el pasado con el presente y futuro, estuve que le repliqué a Petit que la vida le pasaría la cuenta, y deseé que Dios le diera vida y salud para poder tragarse sus palabras, porque Arroyo finalmente, gracias a la venta de vacunas –cuya formulas no sólo conoce sino que las corrige y enriquece- ha sido capaz de mantener una familia y tener un buen pasar desde hace 40 años explotando nada menos que … a la química.
De allí pasamos a clases de biología con el señor Eleodoro Cereceda más conocido como “Cerote”. Este intenta un repaso de clases pasadas y le consulta a Gonzalo Cisternas a fin de que le dé un nombre de un anfibio. Este alumno que se encontraba en otros menesteres, se puso de pie y a balbucear distintas palabras para ganar tiempo tales como:¿un anfibio dice usted?, b

La ira de Cerote no se hizo esperar y procedió a expulsar a Cisternas por intentar reírse del más antiguo profesor del colegio –expulsado éste que no lograba aún asimilar la gravedad de lo ocurrido- mientras Jose sonreía con malicia.
Como a las doce viene llegando el Palta Allende, bronceado, y con una gota de agua que aún escurre por su cuello después de una reparadora ducha luego de una farra sostenida hasta la madrugada. Ya estábamos en clases de francés con Belfor Portilla quien se encuentra de cumpleaños. Ante lo cual después de cantarle cumpleaños feliz en un chapurreado francés, Andrés Becker le consulta si no será la ocasión para hacer calducho, a lo cual asiente nuestro obeso maestro.

Becker avanza hacia la tarima, se sube a ella y lanza el primer chiste. Es tan subido de tono que Juan Ignacio Herane se ruboriza. El segundo chiste es peor aún, ante lo cual Herane golpea la mesa mientras grita a voz en cuello: ¡la grosería tiene un límite, Andrés! , luego de lo cual hace abandono de la sala en signo ostensible de protesta. Becker se mantiene mudo por unos instantes hasta que avanza hacia la puerta, la abre y saca su largo cuello para mirar hacia el pasillo. Como ob

Fernando Martí, reemplaza a Becker en la tarima para explicar, como un experto en guerras mundiales, que según lo que leyó hace poco en el Readers Digest lo de Leningrado había sido una trampa de los rusos que le habían hecho a los pobres nazis porque no habían podido llegar sus

La próxima hora fue de la maestra Clementina Hernández. El pobre Fernando Urrejola no daba a vasto haciéndole los dibujos a la mitad del curso que imploraba su ayuda para aprobar el ramo.

Waldo Farías y Carlos Rodríguez han debido subir a la sala justo arriba de la señorita “Tucana”. Farías comienza a fastidiar a Rodríguez quien ya cansado de ello le toma la bolsa de gimnasia a Waldo que pesaba como treinta kilos entre los zapatos de football, zapatillas de clavos y otros implementos. Luego, se sube a un banco y mientras abre la ventana que queda perpendicular al resto de ella, saca su mano hacia el exterior de la que cuelga la bolsa mientras, amenazante, le grita a Farías: “una tallita más y suelto la bolsa”. Waldo, por su parte, que no cree en la amenaza, emite una nueva afrenta verbal a Carlitos que sin pensarlo dos veces cumple su promesa y suelta la bolsa, justo en el momento que en la sala de dibujo, la que sigue hacia abajo, alguien abre la ventana a pedido de la m

El día ha transcurrido repleto de anécdotas y llegamos al quiosco ubicado a la salid

Mientras esto soñaba, pensaba para mis adentros qué pensarían de nosotros los jóve

Terminado el show, nos disgregábamos. Unos hacía la plaza en Bilbao camino a las calles Bustos o Admussen, otros por Pocuro hacia arriba, y otros nos íbamos fumando hasta Carlos Antúnez donde la mamá de los Zegers –nuestra querida señora Gaby- nos tendría unas ricas leches y sandwichs para tener energías para jugar en su gran jardín una pichanga o aprovechar la transmisión de las clases

Y mientras ello ocurría, me surgía a la mente una y otra vez ¡yo, un siete en matemáticas!.
En eso estábamos, mientras fui despertado por la Patricia, mi mujer, con un zamarreo en un hombro. ¿Qué pasa?, pregunté. Levántate que vas a llegar tarde al comparendo- me

Me levanté rápido, fui a mi escritorio y tomé las notas del sueño que acabo de describir. Camino al centro, y en la medida que se agolpaban a mi mente las imágenes de la vigilia, c

Sólo resta agradecer a nuestros padres la elección que hicieron por nosotros al matricularnos en el Saint George, y al financiarnos nuestros estudios. A nuestros maestros que tuvieron la

Sergio García Valdés
Santiago, 30 de Noviembre de 2009
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